EDUCACIÓN Y DESARROLLO TECNOLÓGICO DE LA INFORMÁTICA
By: Magister Emerson A, Espiritu Saenz # 02
La secuencia histórica de
La breve, aunque intensa historia de
.La Ley de Moore
En 1975, Gordon Moore (cofundador en 1968 de la
compañía Intel) afirmó que “el número de transistores
por centímetro cuadrado en un circuito integrado
se duplicaría aproximadamente cada 18 a 24 meses”
[3]. Una previsión (¿promesa?) que Intel ha cumplido,
como puede verse en la fig. 1.
Fig. 1. Gráfica de la Ley de Moore. La gráfica muestra la evolución
del número de transistores o microchips Intel en el tiempo.
Fuente: [12]
Desde hace algunos años este proceso tecnológico se está encontrando las primeras barreras. En primer lugar se encuentran factores físicos: la cantidad de calor generado por los circuitos; el tamaño de las conexiones, cuyo límite pudiera estar en solo 10 átomos; o efectos cuánticos, dado que los transistores de última generación tienen un tamaño de unos 100 átomos y según se reducen se complica el cambio de estado entre ceros y unos, las unidades básicas de cálculo. Por otra, se encuentra el factor económico debido al coste del desarrollo: una línea para la fabricación de una nueva generación de chips cuesta alrededor de 7.000 millones de dólares y se estima que en la próxima década podría ascender a 16.000 millones de dólares. Una inversión que pocos fabricantes pueden afrontar, sobre todo si no tienen garantizado un retorno en ventas que mantenga el beneficio.
Para contrarrestar estos problemas se han propuesto varias soluciones, algunas de las cuales ya se han implementado.
En primer lugar, se limitó la velocidad de los relojes internos, con objeto de producir menos calor, como muestra el diagrama adjunto. De manera simultánea se produjeron varios núcleos. En principio, es posible crear circuitos integrados de hasta 1000 núcleos, pero la distribución de tareas para que calculen de manera simultánea se complica cada vez más. En cualquier caso, hay tareas que no se pueden adaptar a este tipo de estrategia. Pero en el futuro podrían aparecer soluciones más innovadoras: desde la COMPUTACIÓN CUÁNTICA, de gran potencialidad pero que presenta sus propias limitaciones (el investigador español Juan Ignacio Cirac recibió el premio Príncipe de Asturias 2006 por su trabajo en este campo,) hasta la neuromórfica, inspirada en el cerebro y su estructural neuronal. También se está considerando cambiar el silicio por materiales como el grafeno o pasar de láminas bidimensionales a estructuras 3D. O, algo aun más innovador, dejar de mover corrientes de electrones y utilizar una de sus propiedades básicas, su SPIN, que se podría definir como su manera de girar. En cualquier caso, estas estrategias implican un cambio radical en la forma de diseñar y producir memorias y procesadores.
Lo anterior puede resumirse en que cada dos años
hay en el mercado computadores más pequeños, de
menor consumo y a más bajo costo, pero muchísimo
más potentes que sus predecesores. Computadores
sobre los que hoy corren aplicaciones que abarcan todos
los sectores de la economía, que simplifican muchas
operaciones y permiten volver simple lo complejo,
automatizar lo que antes era manual y hacer más
cosas con menos recursos.
No podemos afirmar que es solo debido al crecimiento
exponencial del número de transistores en un
microprocesador que la productividad ha aumentado
de forma significativa en algunos países (nuevamente,
sobre todo en los desarrollados), pero ha sido un
gran factor de potenciación de las economías que han
basado sus procesos empresariales en las TIC.
“La evolución de las prestaciones de las máquinas
que estamos considerando (computadores) −dicen Tubella
y Vilaseca [14]− es mucho más rápida que la de
otro tipo de artefactos; pensemos, por ejemplo, en la
evolución de los medios de transporte: coches, barcos,
aviones, etc. La estadística de los últimos veinticinco
años lo confirma, y las previsiones de los especialistas
(incluidos los sensatos) no prevén un cambio de
la ley en los próximos años”. Algo que, ciertamente,
debe jugar a favor de los alcances que pueden y deben
lograrse en los procesos productivos que usan TIC.
“Hay que señalar, de todas maneras −agregan Tubella
y Vilaseca [14]−, que la Ley de Moore se refiere
a la parte física (hardware), de los ordenadores.
Desgraciadamente, la capacidad de producción de
software no sigue una dinámica tan acelerada. Hay
problemas muy de fondo, ligados a la modesta capacidad
del ser humano para transformar su conocimiento
sobre algún tema en automatismos conceptuales
estructurados y cumplidos (cabe decir que un programa
informático no es otra cosa que eso)”.
Martínez-López y Luna Huertas [7] afirman que
las TIC son recursos estratégicos al servicio de las
empresas que andan en procura de mantenerse en
entornos de gran competitividad.
Las razones para
justificar tal aseveración son diversas, y van desde
reducir tiempos y costos de producción hasta agilizar
la toma de decisiones, desde analizar oportunidades
de mercado, comercialización, inversión, etc., hasta
contar con mecanismos de toma de decisión rápidos,
dinámicos y exhaustivos. “Las TIC permiten adquirir
ventajas competitivas, provocando cambios en
la estructura del sector y de la competencia, en las
actividades que componen la cadena de valor de la
empresa y en los enlaces externos que relacionan las
actividades de la empresa con las cadenas de valor de
sus proveedores y clientes” [7].
“Las compañías de hoy en día −afirma Ann Leer
[6]− se manejan más por las verdades de la red de la
ley de Metcalfe que por las verdades del hardware de
la ley de Moore. Esa es una de las características de
la economía de red. Y para aprovecharse de que las
compañías puedan potenciar plenamente la Ley de
Metcalfe, dichas compañías están acudiendo a los departamentos
de Tecnología de Información (IT) para
construir redes que sean más confiables e interconectar
todas las facetas de los negocios”.
La Ley de Metcalfe, formulada en 1976 por Robert
Metcalfe, afirma que el valor de una red de comunicaciones
aumenta proporcionalmente al cuadrado del
número de usuarios del sistema (n2
). Inicialmente,
la ley pretendía explicar la forma de potenciar el uso
de las redes Ethernet, pero con el tiempo fue un recurrente
factor de sustentación para quienes buscaban
incrementar el uso de Internet o la World Wide
Web. Un ejemplo recurrente para explicar la Ley de
Metcalfe plantea que tener una sola máquina de fax
no sirve para nada, pero a mayor número de máquinas
de fax interconectadas aumenta el valor, ya que aumenta también el número de personas conectadas
entre sí.
No cabe duda de que se trata de un cambio de
paradigma impuesto por las necesidades siempre
cambiantes de los usuarios. “Hoy en día −dice Ann
Leer [6]−, las compañías como Citibank o Ford Motor
Company o Federal Express ya no están restringidas
por la velocidad del procesador, la Ley de Moore ya
no va a hacer mucho más por estas compañías”.
En
cambio, tales necesidades de los usuarios los llevan
a centrar su mirada en otras necesidades, tales como
llegar a más gente, en más lugares, con mayor eficiencia
y disponibilidad. Precisamente lo que dice la
Ley de Metcalfe: “el valor de la red crece exponencialmente”
[6].
¿Pierde con esto su valor la Ley de Moore? Ciertamente,
no.
Es cierto que una red que no llega a todos
lados pierde valor, pero también es cierto que un computador
que no es capaz de satisfacer las demandas
de la vasta gama de programas que se diseñan para
los diferentes sectores productivos también lo pierde.
La amalgama no se logra simplemente, como se
ve, por tener o no TIC implantadas en la empresa,
no se logra por tener computadores más potentes, no
se logra por tener programas con mayores funcionalidades.
La conjunción de todos los factores es vital,
esencial.
Aunque a la Ley de Moore ya le ha salido
una fuerte competidora, la Ley de Metcalfe, que busca
posicionarse en el lugar que la Ley de Moore ha
ocupado por cerca de 30 años, su valor sigue siendo
enorme, y cada día se evidencia por las aplicaciones
de mercado que exigen mayor capacidad de procesamiento
para correr.
RESUMEN DE LA LEY DE MOORE
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